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domingo, 19 de marzo de 2017

Leyes de la robótica. Isaac Asimov

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

Un fragmento del libro Yo robot (1950), de Isaac Asimov.

 

Las tres leyes robóticas

 

 

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes.

 

  Manual de Robótica

  1 edición, año 2058

 

 

 

  He revisado mis notas y no me gustan. He pasado tres días en los U.S. Robots y lo mismo hubiera podido pasarlos en casa con la Enciclopedia Telúrica.

 

  Susan Calvin había nacido en 1982, dicen, por lo cual tendrá ahora setenta y cinco años. Esto lo sabe todo el mundo. Con bastante aproximación, la "U.S. Robots & Mechanical Men Inc." tiene también setenta y cinco años, ya que fue el año del nacimiento de la doctora Calvin cuando Lawrence Robertson sentó las bases de lo que tenía que llegar a ser la más extraña y gigantesca industria en la historia del hombre. Bien, esto lo sabe también todo el mundo.

 

  A la edad de veinte años, Susan Calvin formó parte de la comisión investigadora psicomatemática ante la cual el Dr. Alfred Lanning, de la U.S. Robots, presentó el primer robot móvil equipado con voz. Era un robot grande, basto, sin la menor belleza, que olía a aceite de máquina y destinado a las proyectadas minas de Mercurio. Pero podía hablar y razonar.

 

  Susan no dijo nada en aquella ocasión; no tomó tampoco parte en las apasionadas polémicas que siguieron.

 

 Era una muchacha fría, sencilla e incolora, que se defendía contra un mundo que le desagradaba con una expresión de máscara y una hipertrofia del intelecto. Pero mientras observaba y escuchaba, sentía la tensión de un frío entusiasmo.

 

  Se graduó en la Universidad de Columbia en el año 2003, y empezó a dedicarse a la Cibernética.

 

  Todo lo que se había hecho durante la segunda mitad del siglo veinte en materia de "máquinas calculadoras" había sido anulado por Robertson y sus cerebros positrónicos. Las millas de cables y fotocélulas habían dado paso al globo esponjoso de platino-iridio del tamaño aproximado de un cerebro humano.

 

  Aprendió a calcular los parámetros necesarios para establecer las posibles variantes del "cerebro positrónico"; a construir "cerebros" sobre el papel, de una clase en que las respuestas a estímulos determinados podían producirse muy aproximadamente.

 

  En 2008, se doctoró en Filosofía e ingresó en la U.S. Robots como "robopsicóloga", convirtiéndose en la primera gran practicante de esta nueva ciencia. Lawrence Robertson era todavía presidente de la corporación; Alfred Lanning había sido nombrado director de investigaciones.

 

  Durante quince años vio cómo cambiaba la dirección del progreso humano, y avanzaba vertiginosamente.

 

  Ahora se retiraba... hasta donde podía. Por lo menos, permitía que la puerta de su despacho ostentase el nombre de otra persona.

 

  Esto, sencillamente, fue lo que supe. Tenía una larga lista de sus publicaciones, de las patentes a su nombre; conocía los detalles cronológicos de sus promociones, en una palabra, tenía su "vida" profesional con todo detalle.

 

  Pero todo esto no era lo que yo quería.

 

  Necesitaba algo más para mis artículos con destino a la Prensa Interplanetaria. Mucho más. Y así se lo dije.

 

  —Doctora Calvin —le dije tan amablemente como pude—, según la opinión general, la U.S. Robots y usted son equivalentes. Su retirada pondrá fin a una Era que...

  —¿Quiere usted el punto de vista del interés humano? —dijo sin sonreír.

 

No creo que nunca sonriese. Pero sus ojos eran penetrantes, aunque no agresivos. Sentí que su mirada me atravesaba y salía por el occipucio y supe que era para ella de una transparencia inusitada; que todo el mundo lo era.

 

  —Exacto —dije.

  —¿El interés humano... de los robots? Esto es una contradicción.

  —No, doctora, de usted.

  —También me han llamado robot. Con seguridad le habrían dicho a usted que no soy humana.

  —Me lo habían dicho, en efecto, pero no ganaba nada con confesarlo.

 

  Se levantó de la silla. No era alta y parecía frágil. La seguí hasta la ventana y nos asomamos a ella.

 

  Las oficinas y talleres de la U.S. Robots formaban una pequeña ciudad, espaciosa y bien planeada. Todo era achatado como una fotografía aérea.

 

  —Cuando vine aquí por primera vez —dijo— vivía en una pequeña habitación, allá a la derecha, donde está hoy el retén de bomberos. Fue derribada antes de que usted naciese. Compartía la habitación con tres personas. Tenía media mesa. Construíamos nuestros robots en un solo edificio. Producción... tres a la semana. Ahora fíjese.

  —Cincuenta años —aventuré—, es mucho tiempo.

  —No cuando una mira hacia atrás. Una se pregunta cómo han pasado tan aprisa.

 

  Volvió a su mesa y se sentó. No necesitaba expresión alguna en su rostro para parecer triste.

 

  —¿Qué edad tiene usted? —quiso saber.

  —Treinta y dos años —respondí.

  —Entonces, no puede recordar los tiempos en que no había robots. La humanidad tenía que enfrentarse con el universo sola, sin amigos. Ahora tiene seres que la ayudan; seres más fuertes que ella, más útiles, más fieles, y de una devoción absoluta. ¿Ha pensado usted en ello bajo este aspecto?

  —Temo que no. ¿Puedo citar sus palabras? —Sí. Para usted, un robot es un robot. Mecánica y metal; electricidad y positrones. ¡Mente y hierro! ¡Obra humana! Si es necesario, destruida por el hombre. Pero no ha trabajado usted en ellos, de manera que no los conoce. Son más limpios, más educados que nosotros.

 

  Traté de halagarla, de adularla hábilmente.

 

  —Quisiéramos saber algo de lo que pueda usted contarnos, saber su opinión sobre los robots. La Prensa Interplanetaria abarca todo el Sistema Solar. Unos tres billones de lectores, doctora Calvin. Tienen que saber lo que pueda usted decirnos sobre los robots.

 

  No tenía necesidad de insistir. No me oyó, pero se dirigía al lugar indicado.

 

  —Deben haberlo sabido desde el principio. Vendíamos robots para uso terrestre... antes de mis tiempos, incluso. Desde luego, eran robots que no podían hablar. Después se hicieron más humanos, y empezó la oposición. Los sindicatos obreros, como es natural, se opusieron a la competencia que hacían los robots al trabajo humano, y varios sectores de la opinión religiosa hicieron sus objeciones inspiradas en la superstición. Todo aquello fue inútil y ridículo. Y, sin embargo, así era.

 

  Yo iba tomando notas de lo que decía en mi registrador de bolsillo, tratando de que no observase el movimiento de mi mano. Practicando un poco se puede llegar a hacer detalladas anotaciones sin sacar el chisme del bolsillo.

 

  —Tomemos el caso de Robbie —dijo—. No lo conocí. Fue desguazado el año anterior a mi entrada en la compañía...; era muy atrasado. Pero vi a la muchacha en el museo.

 

  Se detuvo, pero no dijo nada. Dejé que sus ojos se humedeciesen y su imaginación viajase. Tenía que recorrer mucho tiempo.

 

  —Oí hablar de ello más tarde, y, cuando nos llamaban blasfemos y creadores de demonios, siempre me acordaba de él. Robbie era un robot sin vocalización. No podía hablar. Fue fabricado y vendido en 1996. Eran días anteriores a la extrema especialización, de manera que fue vendido como niñera...

  —¿Cómo qué?

—Como niñera...

 

 

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