Pages

lunes, 27 de marzo de 2017

''El almohadón de plumas'', Horacio Quiroga. Cuento

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

 

 

El almohadón de plumas

Horacio Quiroga (uruguayo)

 

 

 

 

 

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

 

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

 

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

 

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

 

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

 

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

 

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

 

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

 

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

 

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

 

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

 

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

 

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

 

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

 

—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

 

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

 

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

 

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

 

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

 

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

 

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

 

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

 

—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho  —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

 

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

 

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón habría impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

 

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

 

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito al grupo "Francia" de Grupos de Google.
Para cancelar la suscripción a este grupo y dejar de recibir sus mensajes, envía un correo electrónico a francia+unsubscribe@googlegroups.com.
Para publicar en este grupo, envía un correo electrónico a francia@googlegroups.com.
Visita este grupo en https://groups.google.com/group/francia.
Para acceder a más opciones, visita https://groups.google.com/d/optout.

domingo, 19 de marzo de 2017

Leyes de la robótica. Isaac Asimov

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

Un fragmento del libro Yo robot (1950), de Isaac Asimov.

 

Las tres leyes robóticas

 

 

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes.

 

  Manual de Robótica

  1 edición, año 2058

 

 

 

  He revisado mis notas y no me gustan. He pasado tres días en los U.S. Robots y lo mismo hubiera podido pasarlos en casa con la Enciclopedia Telúrica.

 

  Susan Calvin había nacido en 1982, dicen, por lo cual tendrá ahora setenta y cinco años. Esto lo sabe todo el mundo. Con bastante aproximación, la "U.S. Robots & Mechanical Men Inc." tiene también setenta y cinco años, ya que fue el año del nacimiento de la doctora Calvin cuando Lawrence Robertson sentó las bases de lo que tenía que llegar a ser la más extraña y gigantesca industria en la historia del hombre. Bien, esto lo sabe también todo el mundo.

 

  A la edad de veinte años, Susan Calvin formó parte de la comisión investigadora psicomatemática ante la cual el Dr. Alfred Lanning, de la U.S. Robots, presentó el primer robot móvil equipado con voz. Era un robot grande, basto, sin la menor belleza, que olía a aceite de máquina y destinado a las proyectadas minas de Mercurio. Pero podía hablar y razonar.

 

  Susan no dijo nada en aquella ocasión; no tomó tampoco parte en las apasionadas polémicas que siguieron.

 

 Era una muchacha fría, sencilla e incolora, que se defendía contra un mundo que le desagradaba con una expresión de máscara y una hipertrofia del intelecto. Pero mientras observaba y escuchaba, sentía la tensión de un frío entusiasmo.

 

  Se graduó en la Universidad de Columbia en el año 2003, y empezó a dedicarse a la Cibernética.

 

  Todo lo que se había hecho durante la segunda mitad del siglo veinte en materia de "máquinas calculadoras" había sido anulado por Robertson y sus cerebros positrónicos. Las millas de cables y fotocélulas habían dado paso al globo esponjoso de platino-iridio del tamaño aproximado de un cerebro humano.

 

  Aprendió a calcular los parámetros necesarios para establecer las posibles variantes del "cerebro positrónico"; a construir "cerebros" sobre el papel, de una clase en que las respuestas a estímulos determinados podían producirse muy aproximadamente.

 

  En 2008, se doctoró en Filosofía e ingresó en la U.S. Robots como "robopsicóloga", convirtiéndose en la primera gran practicante de esta nueva ciencia. Lawrence Robertson era todavía presidente de la corporación; Alfred Lanning había sido nombrado director de investigaciones.

 

  Durante quince años vio cómo cambiaba la dirección del progreso humano, y avanzaba vertiginosamente.

 

  Ahora se retiraba... hasta donde podía. Por lo menos, permitía que la puerta de su despacho ostentase el nombre de otra persona.

 

  Esto, sencillamente, fue lo que supe. Tenía una larga lista de sus publicaciones, de las patentes a su nombre; conocía los detalles cronológicos de sus promociones, en una palabra, tenía su "vida" profesional con todo detalle.

 

  Pero todo esto no era lo que yo quería.

 

  Necesitaba algo más para mis artículos con destino a la Prensa Interplanetaria. Mucho más. Y así se lo dije.

 

  —Doctora Calvin —le dije tan amablemente como pude—, según la opinión general, la U.S. Robots y usted son equivalentes. Su retirada pondrá fin a una Era que...

  —¿Quiere usted el punto de vista del interés humano? —dijo sin sonreír.

 

No creo que nunca sonriese. Pero sus ojos eran penetrantes, aunque no agresivos. Sentí que su mirada me atravesaba y salía por el occipucio y supe que era para ella de una transparencia inusitada; que todo el mundo lo era.

 

  —Exacto —dije.

  —¿El interés humano... de los robots? Esto es una contradicción.

  —No, doctora, de usted.

  —También me han llamado robot. Con seguridad le habrían dicho a usted que no soy humana.

  —Me lo habían dicho, en efecto, pero no ganaba nada con confesarlo.

 

  Se levantó de la silla. No era alta y parecía frágil. La seguí hasta la ventana y nos asomamos a ella.

 

  Las oficinas y talleres de la U.S. Robots formaban una pequeña ciudad, espaciosa y bien planeada. Todo era achatado como una fotografía aérea.

 

  —Cuando vine aquí por primera vez —dijo— vivía en una pequeña habitación, allá a la derecha, donde está hoy el retén de bomberos. Fue derribada antes de que usted naciese. Compartía la habitación con tres personas. Tenía media mesa. Construíamos nuestros robots en un solo edificio. Producción... tres a la semana. Ahora fíjese.

  —Cincuenta años —aventuré—, es mucho tiempo.

  —No cuando una mira hacia atrás. Una se pregunta cómo han pasado tan aprisa.

 

  Volvió a su mesa y se sentó. No necesitaba expresión alguna en su rostro para parecer triste.

 

  —¿Qué edad tiene usted? —quiso saber.

  —Treinta y dos años —respondí.

  —Entonces, no puede recordar los tiempos en que no había robots. La humanidad tenía que enfrentarse con el universo sola, sin amigos. Ahora tiene seres que la ayudan; seres más fuertes que ella, más útiles, más fieles, y de una devoción absoluta. ¿Ha pensado usted en ello bajo este aspecto?

  —Temo que no. ¿Puedo citar sus palabras? —Sí. Para usted, un robot es un robot. Mecánica y metal; electricidad y positrones. ¡Mente y hierro! ¡Obra humana! Si es necesario, destruida por el hombre. Pero no ha trabajado usted en ellos, de manera que no los conoce. Son más limpios, más educados que nosotros.

 

  Traté de halagarla, de adularla hábilmente.

 

  —Quisiéramos saber algo de lo que pueda usted contarnos, saber su opinión sobre los robots. La Prensa Interplanetaria abarca todo el Sistema Solar. Unos tres billones de lectores, doctora Calvin. Tienen que saber lo que pueda usted decirnos sobre los robots.

 

  No tenía necesidad de insistir. No me oyó, pero se dirigía al lugar indicado.

 

  —Deben haberlo sabido desde el principio. Vendíamos robots para uso terrestre... antes de mis tiempos, incluso. Desde luego, eran robots que no podían hablar. Después se hicieron más humanos, y empezó la oposición. Los sindicatos obreros, como es natural, se opusieron a la competencia que hacían los robots al trabajo humano, y varios sectores de la opinión religiosa hicieron sus objeciones inspiradas en la superstición. Todo aquello fue inútil y ridículo. Y, sin embargo, así era.

 

  Yo iba tomando notas de lo que decía en mi registrador de bolsillo, tratando de que no observase el movimiento de mi mano. Practicando un poco se puede llegar a hacer detalladas anotaciones sin sacar el chisme del bolsillo.

 

  —Tomemos el caso de Robbie —dijo—. No lo conocí. Fue desguazado el año anterior a mi entrada en la compañía...; era muy atrasado. Pero vi a la muchacha en el museo.

 

  Se detuvo, pero no dijo nada. Dejé que sus ojos se humedeciesen y su imaginación viajase. Tenía que recorrer mucho tiempo.

 

  —Oí hablar de ello más tarde, y, cuando nos llamaban blasfemos y creadores de demonios, siempre me acordaba de él. Robbie era un robot sin vocalización. No podía hablar. Fue fabricado y vendido en 1996. Eran días anteriores a la extrema especialización, de manera que fue vendido como niñera...

  —¿Cómo qué?

—Como niñera...

 

 

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito al grupo "Francia" de Grupos de Google.
Para cancelar la suscripción a este grupo y dejar de recibir sus mensajes, envía un correo electrónico a francia+unsubscribe@googlegroups.com.
Para publicar en este grupo, envía un correo electrónico a francia@googlegroups.com.
Visita este grupo en https://groups.google.com/group/francia.
Para acceder a más opciones, visita https://groups.google.com/d/optout.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Red Flor de Lis / Integrando a la Emperatriz con Venus Retrógrada


 

Integrando a la Emperatriz con Venus Retrógrada

 


Los Arquetipos del Tarot: La Emperatriz
Con la Energía de Venus en Retrogradación

Conocer los 22 Arcanos Mayores del Tarot es conocer un camino iniciático. Estos arquetipos nos aportan una gran sabiduría hermética que hay que desvelar, más allá de un medio adivinatorio.

Aprovechando la energía de Venus en retrogradación (hasta el 15 de abril), analizaremos el arcano de "La Emperatriz".

Este arcano simboliza la atracción, fertilidad y prosperidad. Al igual que el planeta Venus, simboliza la capacidad de atraer lo que deseamos a nuestras vidas. Más allá de lo que deseamos (y cómo lo hacemos), debemos "SER" lo que queremos que llegue a nuestras vidas.

Los Kabbalistas hablan de ser "vasijas" merecedoras de bendición. Este arcano, con la energía de Venus nos ayudará a convertirnos en amplias vasijas para recibir lo que verdaderamente anhelamos en nuestras vidas.

Venus en retrogradación está en introspección evaluando lo que desea atraer tanto en pareja, materia y realidades en general. Es el momento apropiado para definir bien nuestros deseos y convertirnos en ello.

En este taller tendremos una parte teórica y práctica. Charla, dinámica y meditación. !No te lo pierdas!

Facilitan Hannah Karina Sandoval, Nadia Morillo y María Gracia Cavero, conductoras del programa "El Camino de la Flor de Lis"

INFORMES:
caminoflordelis@gmail.com
997688519

Evento en Facebook: https://www.facebook.com/events/1638966989743262/

///////////////////////////////////////////////////
Facilitan:

Hannah Karina Sandoval:
Comunicadora de profesión y misión. Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Lima. Master en Gestión y Políticas Culturales y Desarrollo de la Universidad de Girona, España (Cátedra UNESCO). Consultora en comunicación corporativa y para el desarrollo. Especialista en New Media y contenidos web. Blogger y Community Manager. Facilitadora de talleres de desarrollo espiritual, manejo de grupos de meditación.
Blog: http://www.redflordelis.com/
Contacto: redflordelis@gmail.com

Nadia Morillo Cano:
Comunicadora Social de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Terapeuta Holística (Reiki y Reconexión Solar), facilitadora de procesos de crecimientos y desarrollo personal a través de diversas herramientas y recursos. Estudios en Artes Visuales. Estudios en Afinándonos en el rol (Buenos Aires, Argentina), formación alineada al Open Floor Internacional. Entrenamiento en desarrollo humano y liderazgo por Seminarios Insight Iberoamérica (en Perú y Chile). Actualmente en formación de Constelaciones Familiares por ICME (México), formación de Gestalt/Gestalt Relacional por el Pacific Gestalt Institute PGI (Estados Unidos), y el Centro Gestáltico de Perú CGP, formación en Logoterapia y Análisis Existencial por la Asociación Peruana de Análisis Existencial y Logoterapia APAEL & Viktor Frankl Institute de Viena. Conductora del programa de desarrollo personal y espiritual El Camino de la Flor de Lis.

María Gracia Cavero:
Egresada de la Universidad Agraria en la carrera Ing. en Gestión Empresarial, con especialización en Sistemas de Gestión de Calidad. Certificada como Coach en PNL por International Coaching Community, experiencia en sesiones de coaching de vida. Terapista Reiki y con formación en constelaciones organizacionales. Actualmente labora en el en el área de RRHH, facilitando talleres de habilidades blandas para empresas y procesos de Desarrollo Personal.


 


Camino de la Flor de Lis - Derechos Reservados - http://www.elcaminodelaflordelis.com

Si no ves bien este correo, haz click aquí

Si no desea recibir más boletines, responder con el asunto: DESUSCRIBIR

 


--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito al grupo "Red de la Flor de Lis" de Grupos de Google.
Para cancelar la suscripción a este grupo y dejar de recibir sus mensajes, envía un correo electrónico a redflordelis+unsubscribe@googlegroups.com.
Para acceder a más opciones, visita https://groups.google.com/d/optout.