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lunes, 15 de septiembre de 2014

Datos biográficos de Justo Sierra

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Justo Sierra

 

 

 

 

Justo Sierra O'Reilly (1814-1861) fue un escritor, novelista, historiador y jurisconsulto mexicano, padre del educador Justo Sierra Méndez, del poeta Santiago y del político Manuel José. Nacido en el poblado de Tixcacaltuyub municipio de Yaxcabá, Yucatán. Su obra, sus lazos familiares y su vida misma estuvieron muy próximos a la ciudad de San Francisco de Campeche. Usó como seudónimo el anagrama José Turrisa.

 

Nació don Justo Sierra O'Reilly en septiembre de 1814, en el Yucatán no dividido de principios del siglo XIX, en lo que fue originalmente la Capitanía General de Yucatán hasta la independencia de México en 1821 que integraba a los actualmente estados de México: Yucatán, Campeche y Quintana Roo.

 

Terminó sus estudios de derecho en el Colegio de San Ildefonso en la ciudad de México en 1838. Obtuvo el doctorado en 1839 en el Instituto Literario de Yucatán. En 1842 se casó con doña Concepción Méndez Echazarreta, hija del gobernador de Yucatán, don Santiago Méndez Ibarra.

 

Reconocido como un erudito y el periodista más importante de la península de Yucatán en su tiempo. También es considerado como el padre de la novela histórica en México.

 

Murió en Mérida, en enero de 1861.

 

En 1841 procuró, sin mucho éxito, organizar la alianza de los estados de Yucatán y Tabasco contra el centralismo de Antonio López de Santa Anna. Después en 1848 hizo un intento similar a nombre del gobierno yucateco de Santiago Méndez Ibarra, para obtener el apoyo norteamericano durante la llamada Guerra de Castas.

 

En efecto, durante la insurrección maya que se inició en Yucatán a mediados del siglo XIX, viajó a los Estados Unidos de América en busca de ayuda para salvar a la población blanca de la península. De esta experiencia nació su libro "Diario de nuestro viaje a los Estados Unidos" (publicado por Héctor Pérez Martínez en 1938), el cual dedicó a su esposa.

 

Fue diputado del Congreso de la Unión en dos ocasiones; la segunda en 1857, cuando no llegó a ocupar su curul.

 

Perteneció a la Academia de Ciencias y Literatura, a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, al Instituto de África y a otras sociedades mexicanas y extranjeras.

 

Siguiendo su vocación literaria, fue director de los periódicos culturales "El Museo Yucateco" (1841-1842) y el "Registro Yucateco" (1845-1849), impresos en Campeche. Así como del periódico noticioso y mercantil "El Fénix" (1848-1851) y de "La Unión Liberal" (1855-1857).

 

Condujo en 1841 la redacción del "Espíritu del Siglo", órgano del partido mendista, su suegro. Escribió también novelas históricas por entregas como: "El Filibustero", (1841), "Un año en el Hospital de San Lázaro" (1845-1846) y "La Hija de Judío" (1848-1849), bajo el seudónimo y anagrama de José Turrisa.

 

Es autor de leyendas como "La tía Mariana" que trata asuntos de piratería (1841) y de crónicas de viajes como: "Impresiones de un viaje a los Estados Unidos de América y al Canadá" (1851), así como de otros estudios históricos, entre ellos "Los indios de Yucatán", (1857).2

 

En otros campos escribió también unas "Lecciones de Derecho Marítimo Internacional" (1855) y tradujo al español el famoso libro de John Lloyd Stephens, "Incidentes del Viaje a Centroamérica, Chiapas y Yucatán (Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatan)".

 

Redactó el "Proyecto de un Código Civil Mexicano" (1859-1860) por encargo del gobierno liberal de Benito Juárez entonces establecido en Veracruz. Este fue su último gran trabajo y lo hizo ya enfermo de muerte.

 

Don Justo, conjuntó una gran biblioteca y documentos históricos, que fueron parcialmente destruidos cuando su casa de Campeche fue asaltada por las facciones anti-mendistas en agosto de 1857.

 

Se le considera como perteneciente a la escuela romántica pero con características peculiares, con fuertes matices realistas, y muy cuidadoso de la verdad histórica en sus novelas.

 

 

 

Fuente: Wikipedia.


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''La tía Mariana'', Justo Sierra. Leyenda

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

La tía Mariana (leyenda)

Justo Sierra

 

 

 

 

 

Muchos años ha que desapareció enteramente del atrio de la Iglesia del Jesús una cruz de cedro que también por muchos había permanecido a la expectación pública. Las personas piadosas jamás pasaban cerca de ella sin rezar un "pater noster" y dirigir al cielo una plegaria por el descanso del alma de la tía Mariana. Pero el tiempo ha hecho olvidar a esta buena mujer, y en Campeche es muy raro el que conserva alguna confusa noticia sobre la catástrofe de su muerte. Vaya, pues, la siguiente conseja y no pase de tal si se quiere.

 

La anciana tía de que vamos hablando, era natural de la Palma una de las Islas Canarias. Señora viuda, de mediana educación, estaba encargada de gobernar la casa y familia del Capitán español don Juan Antonio Calvo Romero, rico negociante que había perdido a su esposa cuando ésta dio a luz a la linda doña Rita, encanto y delicia de su padre. La isleña (que así llamaban comúnmente a la ama de llaves) profesaba un amor entrañable a la señorita, cuya educación dirigía con singular esmero y cariño, cual su propia madre podría hacerlo. Jamás a la niña ocurrió cosa alguna razonable, sin que al punto no fuera complacida; y siempre se les veía juntas en las Iglesias, en los "viasacras" y en las pocas visitas que antaño estilaban nuestros mayores.

 

Doña Rita crecía en gracia y virtudes y su aya parecía cada vez más satisfecha de sí misma al contemplar los adelantos de su joven educada. Cuando ésta tuvo catorce años, su sonrisa era un rápido ensayo de la felicidad; su voz, una armonía celeste, y sus miradas de una intensidad viva y suave a la vez. La belleza angelical de su figura y el puro e inocente candor de su alma, la hacían pasar con razón por una de las criaturas más hechiceras de Campeche. Al verla, era preciso amarla, adorarla; ¿quién no había de adorar a doña Rita?

 

En cada viernes del año se visita el santuario del Señor de San Román. Antiguamente era más solemne, pública y general esta romería y doña Rita y su aya jamás dejaban de concurrir a ella por las tardes. Sucedió, pues, que una de tantas, se estuvieron por más tiempo que el ordinario. Todos los devotos se habían gradualmente retirado; el sol ya no aparecía sobre el horizonte y hacía media hora que estaba oculta su rubia faz dentro de las ondas; la brisa refrescaba con una fuerza extraordinaria, silbando con violencia al penetrar por las rendijas de la puerta del norte, que entonces daba inmediatamente a la mar, pues no se habían edificado las casas que hoy interceptan su vista. Mientras la isleña se hallaba engolfada en el rezo, la cuidada niña dirigía sus azorados ojos con demasiada frecuencia hacia la puerta del poniente, única que estaba abierta. Allí observaba una cosa que sin poder comprender precisamente lo que era, la aterraba en términos de helarle la sangre en las venas e impedirle toda explicación con el aya. Poco a poco aquel objeto fue tomando la forma de una persona embozada en un gran capote rojo; muy luego salvó el umbral y con pasos mesurados, comenzó a introducirse en la capilla, hasta ponerse a muy pequeña distancia de la niña, a quien había inspirado un horror indefinible. Un par de relucientes ojos siniestramente brutales, se fijaban en aquel momento sobre doña Rita, que cayó súbitamente desmayada, sin poder emitir sino un gemido ahogado. Tan extraño movimiento sacó de su éxtasis a "la tía Mariana" y ya se inclinaba a socorrer a la niña cuando se sintió detener por un nervudo y poderoso brazo, como de hierro. Atónita y horrorizada, volvió la vista y a la pálida claridad que esparcía la trémula luz de las pocas bujías que ardían en presencia del Señor, descubrió a un hombre de estatura regular, color ceniciento, ojos relumbrosos, señalada la cara con varios machetazos y cubierta la boca bajo los descomunales y sucios mostachos. Con el movimiento que el incógnito hiciera para detener a la vieja, presentó a los ojos de la despavorida aya un traje burdo de marinero, pendiendo de su lado un corvo sable y portando en su cinturón de gacela, dos puñales, una daga, un par de pequeñas pistolas y otro de gruesos trabucos. Servíale de apoyo un fuerte chuzo de hierro y de sombrero una enorme gorra de lana amarilla pintarrajeada de encarnado; y el conjunto de esta figura solo podía compararse con la de Satanás, si es que Satanás tiene figura. La "tía Mariana" que pudo hacer esta observación con solo una rápida y pavorosa mirada, dejó escapar un grito de horror.

 

—iChis..., ¡miserable!, otra vez gritar y la muerte —dijo el hombre sacudiendo con fuerza el brazo que tenía asido.

 

Al momento pudo incorporarse doña Rita y al ver el próximo peligro que la amenazaba o por un impulso meramente maquinal, hizo ademán de huir dirigiéndose a la sacristía. No bien lo intentara, cuando ya estaba en los robustos brazos del marinero, que abandonando su primera víctima, solo pensó en escaparse con su nueva presa.

 

Y lo consiguiera sin duda si los esfuerzos de la vieja para arrancar a la niña de los brazos de su raptor, si sus gritos implorando su auxilio y más que todo, si la silenciosa aproximación de algunos vecinos que misteriosamente examinaban una lancha desconocida, que tripulada por cuatro colosales negros, estaba en la playa, no lo hubieran impedido desde luego. Ocurrieron todos a la novedad y encontraron luchando a la "tía Mariana" y al pirata, que tal era el marinero y no otro que el famoso Lorencillo. Este, al verse casi cogido en manos de sus implacables enemigos, dejó libre a doña Rita, mal hirió a la isleña, y tomó precisamente la lancha, alejándose al momento de la playa.

 

Lo cual, si más lo demorara, podría haberle traído un mal paso con los de la villa, que acudieron a las armas sin pérdida de tiempo, siendo el primero entre todos el Capitán don Juan Antonio Calvo Romero a cuya noticia llegara el suceso.

 

La "tía Mariana" se curó pronto de la herida; pero los ademanes y catadura de Lorencillo le hicieron una impresión tan profunda que continuamente se la vio despavorida y lanzando inciertas fatídicas miradas en torno. El solo nombre del pirata le causaba convulsiones violentas y más de una vez perdió totalmente el sentido al oír a los del puerto manifestar sus temores de algún nuevo desembarco de Lorencillo sobre nuestras playas. ¡Tan funesta y aterradora era la idea que atormentaba a la buena señora! doña Rita por su lado, aunque había sufrido mucho en el día del suceso y se horrorizaba a menudo recordando el inminente peligro a que habían estado expuestos su pudor e inocencia virginal, con todo, su juventud, un nuevo mundo que de momento a momento se desarrollaba ante sus ojos, acaso una imaginación menos exaltada que la de su aya o todo junto, fue gradualmente tranquilizándola y muy pronto estuvo en aptitud de ofrecer sus consuelos a la segunda mamá. Continuamente se le veía a su lado procurando consolarla y haciendo inútiles esfuerzos por alejar de su memoria aquella imagen ominosa.

 

—Imposible, hija mía, imposible! —exclamaba la vieja Mariana—; aquí le veo y me horrorizo. ¡Dios mío, no me deis el terrible castigo de encontrar con los míos los ojos de ese monstruo sacrílego. Perdonadme, Dios mío! Yo prefiero la muerte mil veces.

 

Tales y tan enérgicas eran las continuas plegarias de la "tía Mariana" y su agitado espíritu solo hallaba descanso en los rezos y demás prácticas religiosas. Desde la hora del alba se dedicaba a visitar los templos cercanos, evitando siempre la ocasión de sufrir otra sorpresa como la pasada. Dos años y medio habían transcurrido desde el suceso de San Román; poco se hablaba de Lorencillo y no había motivo para sospechar que después de las depredaciones, robos o incendios que había perpetrado en la Laguna de Términos y en Veracruz, intentase este feroz filibustero alguna nueva excursión sobre la villa de Campeche. Por lo menos nadie los esperaba ni había el menor preparativo de defensa; las fragatas del puerto entraban y salían sin tropiezo; no había noticia alguna funesta.

 

Pero en un domingo, a las cuatro de la mañana, las campanas de la Iglesia del Jesús hicieron señal de misa; los vecinos concurrieron al momento y la "tía Mariana'' y su educanda fueron de las primeras. El toque de la misa remata, sale el padre. "¡Misericordia!" exclamó la vieja exhalando el alma en el mismo instante. Lorencillo se había presentado a su vista.

 

Sobre el sepulcro de la "tía Mariana" se puso una cruz. Ésta es la que antiguamente se veía en el atrio de aquella Iglesia.

 

 

X X X

 

El día 2 de Febrero de 1731, falleció en México la M.R. Sor Rita de San Miguel Romero y fue sepultada en el Convento de Santa Clara.

 

 

 

 

 

Fuente:

 

http://www.bibliotecacampeche.campeche.gob.mx/modulos/estaticas/media/documentos/campeche-a-travez-de-sus-leyendas.pdf


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Datos biográficos de Gabino Barreda

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Gabino Barreda

 

 

 

Gabino Barreda y Moisés (Puebla, 19 de febrero de 1818 – Ciudad de México, 20 de marzo de 1881) fue un médico, filósofo y político mexicano. Primer director de la Escuela Nacional Preparatoria. Introdujo el método científico en la enseñanza elemental.

 

Nacido en la ciudad de Puebla el 19 de febrero de 1818 se trasladó a la ciudad de México para estudiar jurisprudencia en el antiguo Colegio de San Ildefonso. Su inclinación hacia las ciencias naturales lo hizo interrumpir la carrera de derecho para iniciar estudios de química en el Colegio de Minería y en 1843 ingresar a la Escuela Nacional de Medicina.

 

Durante la intervención estadounidense en 1846 participó en la defensa del territorio mexicano y fue hecho prisionero en la batalla del Molino del Rey. En 1847, al terminar la guerra, se trasladó a París para continuar sus estudios de medicina. Fue allá donde Pedro Contreras Elizalde lo interesó en los cursos que impartía Augusto Comte, cuya influencia positivista fue decisiva para Barreda.

 

De regreso a México, en 1853 trajo consigo los seis tomos del Cours de Philosophie Positive de Comte. Obtuvo el título de médico y posteriormente impartió las cátedras de filosofía médica en la Escuela Nacional de Medicina y más tarde la de historia natural y la de patología general al crearse dicha asignatura.

 

Durante el segundo imperio en 1863 se trasladó a Guanajuato, donde viviría hasta 1867. El 16 de septiembre de 1867 pronunció la Oración cívica, cuyo contenido impresionó a Benito Juárez, quien al regresar del norte, ya triunfante, nombró secretario de Justicia e Instrucción Pública a Antonio Martínez de Castro, quien confió a Francisco Díaz Covarrubias la reforma de los estudios.

 

"La principal y más poderosa rémora que detiene a nuestro país en el camino del engrandecimiento es la ignorancia; la falta de ilustración de nuestro pueblo es la que lo convierte en pasivo e inconsciente instrumento de los intransigentes y parlanchines que lo explotan sin cesar, haciéndolo a la vez víctima y verdugo de sí mismo"

 

El 10 de febrero de 1868, al fundarse la Escuela Nacional Preparatoria, Barreda fue nombrado director general, donde con el lema, "Amor, Orden y Progreso", implementó el sistema positivista en su plan de estudios e impartió la cátedra de lógica; continuó impartiendo la cátedra de patología general en la Escuela de Medicina y participó activamente en la política mexicana. Con su frase "La educación intelectual es el principal objetivo de los estudios preparatorios", adopta como suyo el lema positivista: "Saber para prever, prever para actuar". En 1878 se retiró de la dirección general, y fue su legado una institución estable y fuerte.

 

En el congreso mexicano, fue presidente de la comisión de instrucción pública de la Cámara de Diputados. Fundó la Sociedad Metodófila, a través de la cual introdujo en México el positivismo que se convirtió en doctrina oficial no sólo de la educación sino del Estado. Sus ideas inspiraron a sus seguidores a formar el Partido Científico. En 1878, el gobierno del presidente Porfirio Díaz lo nombró embajador en Alemania.

 

En 1881, poco tiempo después de regresar a México, falleció en su domicilio en Tacubaya, Distrito Federal. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres, lugar al que fueron trasladados el 22 de enero de 1968.

 

En relación al positivismo de Augusto Comte, Gabino Barreda considera que la educación es el elemento neutralizante y disolvente del estado teleológico. La educación debe liberar en lugar de adoctrinar, debe oponerse a la explotación y a la dominación. Debe servir para la emancipación mental, pues en ella se encuentra el acceso al progreso.

 

 

Fuente: Wikipedia.


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