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martes, 7 de junio de 2016

Red Flor de Lis / Retiros para el Alma/ Autosanacion Cuantica


 

Retiros para el Alma: Autosanación Cuántica

 


Retiro de introspección para hacernos conscientes de nuestra capacidad de auto sanación física y emocional. Para ello se ha dividido el proceso en cuatro partes:
Enquiste de emociones, disolución, expansión, cohesión- Coherencia.

Facilitan y acompañan: Raysha Riveros, Karina Sandoval y Carolina Vergara

Este retiro es ideal para terapeutas y personas en general que deseen hacer consciente la liberación de energía estancada que puede llevar a la enfermedad.

También es un espacio de descanso, meditación y reflexión.

PROGRAMA

Sábado 2 de Julio

9:00am Encuentro en el paradero de colectivos de Av. Javier Prado con Aviación (al lado de la Rambla)
9:15: Salida en colectivos contratados (10 soles por persona por tramo)
10:30 Llegada a la Casa de Campo Santa María.
- Recepción e Instalación
11:00-11:30: Meditación de armonización y liberación
12-1: Siembra de semillas, tiempo libre/SPA (opcional)
1:00 Almuerzo
3:00pm El Proceso de la Enfermedad por Raysha Riveros
5:00-5:30pm: Ayuno Silente
5:30-7:00pm Ludoterapia. Conectando con el niño interior
7:00 a 8:00 El poder de la auto sanación por Raysha Riveros
8:00: Cena
9:00pm Fogata. Liberación de intenciones. Conexión con tu animal de poder, música.

Domingo 3 de Julio

7:00am: Ejercicios Psicofísicos, saludo al sol
8:00am Desayuno
9:00am a 11:00 Hacia la Coherencia por Karina Sandoval
11:00 Reunión en grupos
11:30-12:30: Libre, SPA, desarmado de carpas
12:30 Almuerzo
2:00 Expansión
4:00: Clausura

Precio por Persona: S/300 soles en base a habitación matrimonial (cama de dos plazas)
S/320 en base a habitación compartida (dos camas)
s/333 en base a habitación simple (cuarto exclusivo)
S/250 soles: Campamento

Incluye: Alimentación Vegetariana

Almuerzo del sábado 2 de julio
Cena del sábado 2 de julio
Desayuno del domingo 3 de julio
Almuerzo domingo 3 de julio
Infusiones

No incluye:
Movilidad (20 soles ida y vuelta o en movilidad propia)
Servicios adicionales (SPA)
Inscripciones y separación de cupo: redflordelis@gmail.com / 962545726

Qué llevar

Ropa Cómoda
Carpa y Bolsa de dormir quienes van a acampar
Semillas (manzano, durazno, naranja, rabanito, lechugas, zanahoria, hierbas, etc)
Cuaderno y lapicero
Pareo/manta
Gorro para sol, repelente, bloqueador solar
Instrumentos musicales
Frutas frescas y secas para compartir
Otro tipo de snack para compartir


Informes e inscripciones: redflordelis@gmail.com



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sábado, 4 de junio de 2016

''El inmortal'', Jorge Luis Borges. Cuento

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

El inmortal

Jorge Luis Borges

 

 

 

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y del inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló este manuscrito.

 

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.

 

 

I

 

Que yo recuerde, mis trabajos empezaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo; la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

 

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respondí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está al otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, rica en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

 

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres en común y se nutren de leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena; donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano; en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Huí del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

 

Para descargar el libro completo:

 

http://www.itvalledelguadiana.edu.mx/librosdigitales/Jorge%20Luis%20Borges%20-%20El%20aleph.pdf

 


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domingo, 29 de mayo de 2016

''Yo, robot'', Isaac Asimov. Cuento



Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Yo, robot

Isaac Asimov

 

 

 

Capítulo 3. La razón (fragmento)

 

 

 

Medio año después los dos amigos habían cambiado de manera de pensar.

 

La llamarada de un gigantesco sol había dado paso a la suave oscuridad del espacio, pero las variaciones externas significan poco en la labor de comprobar las actuaciones de los robots experimentales. Cualquiera que sea el fondo de la cuestión, uno se encuentra frente a frente con un inescrutable cerebro positrónico, que según los genios de la ciencia, tiene que obrar de esta u otra forma. Pero no es así. Powell y Donovan se dieron cuenta de ello antes de llevar en la Estación dos semanas.

 

Gregory Powell espació sus palabras para dar énfasis a la frase.

 

—Hace una semana Donovan y yo te pusimos en condiciones... —sus cejas se juntaron con un gesto de contrariedad y se retorció la punta del bigote.

 

En la cámara de la Estación Solar 5 reinaba el silencio, a excepción del suave zumbido del poderoso haz director en las bajas regiones. El robot Qt-1 permanecía sentado, inmóvil. Las bruñidas placas de su cuerpo relucían bajo las luxitas, y las células fotoeléctricas que formaban sus ojos estaban fijas en el hombre de la Tierra, sentado al otro lado de la mesa.

 

Powell refrenó un súbito ataque de nervios. Aquellos robots poseían cerebros peculiares. ¡Oh, las tres Leyes Robóticas seguían en vigor! Tenían que seguir. Todo el personal de la U.S. Robots, desde el mismo Robertson hasta el nuevo barrendero insistirían en ella. ¡De manera que Qt-1 estaba a salvo! Y sin embargo..., los modelos Qt eran los primeros de su especie y aquél era el primero de los Qt. Los cálculos matemáticos sobre el papel no siempre eran la protección más tranquilizadora contra los gestos de los robots

 

Finalmente, el robot habló. Su voz tenía la inesperada frialdad de un diagrama metálico.

 

—¿Te das cuenta de la gravedad de una tal declaración, Powell?

—"Algo" te ha hecho, Cutie —le hizo ver Powell—. Tú mismo reconoces que tu memoria parece brotar completamente terminada del absoluto vacío de hace una semana. Te doy la explicación. Donovan y yo te montamos con las piezas que nos mandaron.

 

Cutie contempló sus largos dedos afilados con una curiosa expresión humana de perplejidad.

 

—Tengo la impresión de que todo esto podría explicarse de una manera más satisfactoria. Porque, que "tú" me hayas hecho a "mí", me parece improbable.

—¡En nombre de la Tierra! ¿Por qué? —exclamó Powell, echándose a reír.

—Lo llamo intuición. Hasta ahora es sólo esto. Pero pienso razonarlo. Un encadenamiento de válidos razonamientos sólo puede llevar a la determinación de la verdad, y a esto me atendré hasta conseguirla.

 

Powell se levantó y volvió a sentarse en el extremo de la mesa, cerca del robot. Sentía súbitamente una fuerte simpatía por el extraño mecanismo. No era en absoluto como un robot ordinario, que realizaba su tarea rutinaria en la estación con la intensidad de un sendero positrónico profundamente marcado.

 

Puso una mano sobre el hombro de acero de Cutie y notó la frialdad y dureza del metal.

 

—Cutie —dijo—. Voy a tratar de explicarte algo. Eres el primer robot que ha manifestado curiosidad por su propia existencia... y el primero, a mi modo de ver, suficientemente inteligente para comprender el mundo exterior. Ven conmigo.

 

El robot se levantó lentamente y siguió a Powell con sus pasos que hacía silenciosos la gruesa suela de esponja de caucho. El hombre de la Tierra apretó un botón y un panel cuadrado de pared se deslizó a un lado. El grueso y claro vidrio de la portilla dejó ver el espacio..., cuaja do de estrellas.

 

—Ya he visto esto por las ventanas de observación de la sala de máquinas —dijo Cutie.

—Lo sé —dijo Powell—. ¿Qué crees que es?

—Exactamente lo que parece; un material negro detrás de este cristal, salpicado de puntos brillantes. Sé que nuestro director manda rayos desde algunos de estos puntos, siempre los mismos; y también que estos puntos se mueven y que los rayos se mueven con ellos. Eso es todo.

—¡Bien! Ahora quiero que me escuches atentamente. Lo negro es vacío, inmensa extensión vacía que se extiende hasta el infinito. Los pequeños puntos brillantes son enormes masas de materia saturadas de energía. Son globos, algunos de ellos de millones de kilómetros de di metro, y para que puedas compararlos te diré que esta estación tiene sólo mil quinientos metros de ancho. Parecen tan pequeños porque están increíblemente lejos. Los puntos a los cuales van dirigidos nuestros haces de energía están más cercanos y son más pequeños. Son fríos y duros y los seres humanos como yo mismo, vivimos en su superficie; somos varios millones. Es de uno de estos mundos de donde Donovan y yo venimos. Nuestros rayos alimentan estos mundos con energía sacada de uno de estos grandes globos incandescentes que se encuentran cerca de nosotros. A este globo lo llamamos Sol y está del otro lado de la Estación, donde no puedes verlo.

 

Cutie permanecía inmóvil al lado de la portilla, como una estatua de acero. Sin volver la cabeza, dijo:

 

—¿De qué punto de luz pretendes venir?

—Allí está —dijo Powell después de haber buscado—. Aquel tan brillante de la esquina. Lo llamamos Tierra. La buena y vieja Tierra. Somos tres billones en él, Cutie, y dentro de unas dos semanas volveré a estar allá con ellos.

 

Y entonces, cosa sorprendente, Cutie pareció canturrear, distraído. No era en realidad una tonada, pero poseía la curiosa calidad sonora de un "pizzicato". Cesó tan rápidamente como había empezado.

 

—¿Y de dónde vengo yo, Powell? No me has explicado "mi" existencia.

—Todo lo demás es sencillo. Cuando estas estaciones fueron establecidas por primera vez para alimentar de energía solar los planetas, eran regidas por seres humanos. Sin embargo, el calor, las fuertes radiaciones solares y las tempestades de electrones hacían la estancia en el puesto difícil. Se perfeccionaron los robots para sustituir el trabajo humano y ahora sólo necesitan dos jefes para cada estación. Estamos tratando de reemplazar incluso a estos dos y aquí es donde intervienes tú. Tú eres el tipo de robot más perfeccionado, y si demuestras la capacidad de dirigir esta estación independientemente, jamás un ser humano volverá a poner los pies aquí, salvo para traer las piezas de recambio para reparaciones.

 

Su mano se levantó y la placa de metal volvió a caer en su sitio. Powell volvió a la mesa y frotó una manzana contra la manga antes de morderla. El rojo resplandor de los ojos del robot detuvo un ademán.

 

—¿Esperas acaso que dé crédito a ninguna de estas absurdas hipótesis que acabas de exponerme? —dijo lentamente—. ¿Por quién me tomas?

 

Powell escupió fragmentos de manzana sobre la mesa y se puso colorado.

 

—¡Pero, maldito sea! ¡No son hipótesis, son hechos!

—¡Globos de energía de millones de kilómetros de anchura! —dijo Cutie amargamente—. ¡Mundos con tres billones de seres humanos! ¡El vacío infinito!... Lo siento, Powell, pero no creo nada de esto. Lo resolveré yo solo. Adiós.

 

Dio la vuelta y salió de la cámara.

 

 

 

Para descargar todo el libro:

 

http://www.itvalledelguadiana.edu.mx/librosdigitales/Isaac%20Asimov%20-%20Yo%20Robot.pdf

 


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