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domingo, 27 de septiembre de 2015

''Adolfo'', Rafael Delgado. Cuento

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Adolfo

Rafael Delgado

 

 

 

 

I

 

 

—¿Quiere usted saber esa historia?... Era un guapo mozo. La última vez que vino a visitarme fue en Navidad, después del baile de la señora de P…, aquel baile de fantasía, suntuoso y brillante como una fiesta de hadas, que tanto dio que hablar a los periódicos y tanto que disparatar en jerga hispano-gálica a los Langostinos de la prensa.

 

Estuvo sentado en ese sillón, cerca de esta mesa, triste, desalentado como un enfermo. Durante la conversación, si tal nombre merece el hablar con monosílabos, jugaba con este lindo cuchillo de nácar, o se entretenía en hojear una colección de estampas de Goupil.

 

Era un guapo mozo: distinguido, elegante, un ser mimado de la Fortuna. Me parece que le veo Gallardo cuerpo, frente despejada y hermosa, facciones delicadas, recta y fina nariz; pálido, con la palidez de Byron o de Werther; ojos negros, grandes, rasgados, vivos, llenos de pasión; barba cortada en punta, a la antigua usanza española; bigote retorcido y echado hacia adelante; en fin, algo de "la fatal belleza de un Valois." Además, talento, cultura, juventud y riqueza.

 

Amado de sus padres, como hijo único, heredero de cuantioso capital, admirado por sus trenes y sus caballos, rodeado siempre de amigos, le envidiaban todos los hombres e interesaba en su favor a todas las mujeres.

 

¡Qué distinguido cuando se vestía el frac! ¡Qué gentil a caballo, vestido con nuestro elegante traje nacional! ¡Qué regia majestad la suya en el baile de la señora P...! Calzas negras, de seda; jubón y ropilla de terciopelo negro, acuchillado de azul; birretina de luenga pluma, y al cinto una daga milanesa con el puño cuajado de brillantes.

 

Entró en el salón, alegre, regocijado, feliz, ebrio de vida y de amor; pero después de la media noche, en el cotillón, a la hora del juego de los ramilletes y de la manzana de oro, observé que al estrechar la mano de Enriqueta, la encantadora hija del General A convertida esa noche en una Ofelia "deliciosa y espiritual" —así lo dijo en "El Abanico" el cronista Querubín—, cuando todas las miradas estaban fijas en él, le vi demudarse, temblar, bajar los ojos, y murmurar al oído de su compañera una de esas frases frívolas y vanas, una estupidez de salón, acaso encubridora de pena profunda.

 

A poco salía de aquella casa para principiar una vida de horribles degradaciones que acabarán por llevarle al sepulcro.

 

 

 

 

Para descargar el texto completo:

 

 

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080013802_C/1080013802_T1/1080013802_MA.PDF

 


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domingo, 20 de septiembre de 2015

''Amor y desgracia'', Florencio María del Castillo. Novela

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Amor y desgracia

Florencio María del Castillo

 

 

 

Llena de profunda tristeza concluía la tarde; una capa de nubes blancas y cenicientas ocultaba la faz del cielo; no lucían los rayos vivificantes del sol; la luz era azulada, opaca, como la que pasa a través de un velo, y un viento frío y penetrante levantaba por momentos nubes de polvo, que volvían a caer al instante.

 

Eran como las cinco y la luz penetraba apenas por una estrecha ventana en la estancia donde deben pasar algunas escenas de la historia presente. Es imposible calcular cuánto influye en nuestra imaginación el carácter del tiempo; una tarde fría y triste como la que describo, hace ver todos los objetos con un tinte indefinible de melancolía; en esas horas es imposible tener el corazón expansivo. Cerca de la ventana, un joven escribía afanosamente sobre una mesa: tenía la frente apoyada sobre la palma de la mano izquierda, mientras que con la derecha trazaba algunas líneas sobre el papel blanco que tenía delante.

Reinaba un profundo silencio, interrumpido tan sólo de vez en cuando por e l rechinido de la pluma o por algún gemido del joven. La luz que penetraba a través de los opacos cristales de la ventana, apenas alcanzaba a iluminar, como e l moribundo resplandor del crepúsculo, la mesa donde el joven escribía, y sus luengos y castaños cabellos, que s e habían desprendido y caían sobre su frente formando un velo que Impedí a ver su s facciones; todo lo demás de la habitación se perdía entre las sombras, y sólo un pequeño espejo colocado en pared opuesta, retrataba parte de la ventana, que por un efecto de óptica parecía una distancia muy grande, aumentándose así, en apariencia, los límites de la habitación .

 

De pronto, el joven lanzó un gemido más doloroso que los que ante s habían agitado su pecho, y dejó caer con desaliento la pluma; se levantó con las manos en los cabellos y murmuró a media voz:

 

—¡Es imposible!... ¡No tendrán compasión de mí!...

 

Luego añadió con más energía:

 

—¡Quisiera volverme loco!...,¡quisiera morir!...

 

Volvió a reinar un silencio profundo, que parecía zumbar en los oídos.

 

—¡Ya es casi de noche —continuó—, y no he podido estudiar un instante! ¿Pero está en mí mano hacerlo cuando todo se conjura contra mí? ¡Dios mío!, tú que lees en los corazones, ¿es acaso un crimen el que yo he cometido?... ¡Oh no!... ¿Podía ver padecer…, ¿podía ver morir sin remedio ni consuelo a ese pobre ángel, y llevar mi probidad hasta conservar intacto ese funesto depósito? ¡Oh!, haberlo hecho así hubiera sido un crimen…, un asesinato, porque los auxilios a tiempo te han salvado… Pero, ¿quién hubiera podido pensar que a tan extremo llegaría la inhumanidad de ese hombre? ¿No le he prometido servir de rodillas si así lo quiere? ¡Seré su esclavo! ¡Le daría mi vida, mi sangre! ¿Tiene corazón de piedra, que no le enternece mi situación? ¡Una prisión!, esa idea me llena de espanto…

 

Para descargar el libro completo:

 

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080013794/1080013794_MA.PDF

 


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domingo, 13 de septiembre de 2015

''La Rumba'', Ángel del Campo. Novela

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

La rumba

Ángel del Campo y Valle

 

 

 

 

 

I

 

 

La iglesia era una ruina; el terciopelo del musgo bordaba las cornisas, daba tintes negruzcos a la cúpula y descendía en alargadas manchas hasta el piso como si fuera el rastro de seculares escurrimientos de lluvia.

 

Se perfilaba tristemente su torre sin campanas en el incendio de la púrpura vespertina; recortábase como una filigrana en el horizonte, bocas de fragua parecían o sus ventanas ojivales y ligera red de alambres sus enmohecidas rejas. Diríase que era una momia, oscura, con huellas de lepra, respirando muerte si algunos pájaros en festivo grupo no alegraran el silencio del abandonado campanario. Abatíanse en los florones de la cúpula, aleteaban en la torcida cruz, picoteaban el libro abierto que tenía en la mano un santo de cantería, y atronaban entrando al coro —por los vidrios rotos o viajando de una enorme cuarteadura llena de nidos al alambre del teléfono y de ahí a un árbol de pirú, que lloraba sus frondas cargadas con racimos de coral sobre los arcos de la casa del cura.

 

Siempre estaba cerrada por falta de culto. Los domingos, repicaba su campana rajada llamando a la única misa que se celebraba: la de doce.

 

Alzábase carcomida sobre el enjambre de casucas miserables del suburbio y haciendo más grande la soledad de La Rumba, inmensa plazuela que se extendía a su frente y en la cual desembocaba un dédalo de oscuras callejuelas.

 

La Rumba tenía fama en los barrios lejanos; contábase que era el albergue de las gentes de mala alma; una temible guarida de asesinos y ladrones, y citaban el nombre de un Florencio Carvajal, que debía siete vidas; Marcos Pezuela, zapatero, había envejecido en Belén y después de extinguir su condena se había refugiado en aquel vivero de malhechores.

 

Y era triste aquel lugar enorme, desierto; una fuente seca que servía de muladar era el centro; los desechos de todo el vecindario: ollas rotas, zapatos inconocibles, inmundicia, hasta ramos de flores marchitas de la parroquia se hacinaban en aquella fuente, de la que surgía una cruz de piedra, que conservaba pedazos de papel dorado, colgajos de papel de China y una podrida guirnalda de ciprés, restos quizá de alguna fiesta, destruidos por la lluvia, el viento y la intemperie.

 

Un chopo escueto se bamboleaba a su lado, tan falto de frondas y llenos de varejones, que parecía una escoba de ramas secas enterrada en el polvo.

 

En derredor corría un círculo de casas. Bajo un portal estaba un tenducho: La Rumba; en una esquina la pulquería Los ensueños de Armando; en las enmohecidas rejas de la casa menos vieja y en el fondo de un pizarrón, el blanco letrero de Amiga Municipal; una maderería elevaba hasta el cielo una pirámide de tablones que sobresalían de las tapias, y más allá arrojaba un penacho de humo la negra chimenea de no sé qué fábrica.

 

Reinaba un profundo silencio en aquel lugar; llegaban confusos los toques de corneta del cuartel cercano. De un lado a otro no podía distinguirse a una persona y aparecía como una mancha amarilla el tranvía que desembocaba del callejón del Tecolote.

 

Sonaban lejanos, metálicos, los martillazos de una herrería: la de Cosme Vena, que se adivinaba en la acera contraria por el manchón rojizo de las ascuas en el fondo de una casuca.

 

Raros eran los transeúntes: el cura que atravesaba de la parroquia a la tienda; a las once, los soldados que hacían la limpieza de los caballos en La Rumba, y les daban agua en larga pileta pegada a la tapia de la Iglesia; algunos arrieros que se apeaban en la pulquería y dejaban vagar sus recuas en el polvo, mientras el jefe desensillaba su rocinante y en un ayate le desparramaba un poco de trigo, y con un cabestro lo ataba al chopo. El animal comía a la delgada sombra del árbol, importunado por la negra nube de moscas que surgía de las basuras de la fuente y lo acosaban sin que cesara de sacudir su cola enlodada a diestra y siniestra.

 

 

 

 

Para descargar el texto completo:

 

http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Colecciones/ObrasClasicas/_docs/Rumba.pdf

 


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