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sábado, 26 de agosto de 2017

''Vathek'', William Beckford. Relato árabe

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Vathek (relato árabe)

William Beckford

 

 

 

 

Vathek, noveno Califa de la estirpe de los Abbassidas, era hijo de Motassem y nieto de Haroun Al-Rachid. Subió al trono en la flor de la edad. Las grandes cualidades que ya entonces poseía daban a sus súbditos la esperanza de que su reinado iba a ser largo y feliz. Su rostro era agradable y majestuoso; pero cuando se encolerizaba uno de sus ojos se hacía tan terrible que su mirada resultaba intolerable: el desgraciado sobre quien la fijaba caía de espaldas y, a veces, incluso expiraba en aquel mismo instante. De modo que, temiendo despoblar sus estados y convertir su palacio en un desierto, el príncipe sólo se encolerizaba muy de tarde en tarde.

 

Era bastante aficionado a las mujeres y a los placeres de la mesa, su generosidad no tenía límites y sus orgías eran desmesuradas. No creía, como Ornar Ben Abdalaziz, que fuese necesario convertir este mundo en un infierno para ganar el paraíso en el otro.

 

Sobrepasó en magnificencia a todos sus predecesores. El palacio de Alkorremi, construido por Motassem en la colina de los caballos píos, y que dominaba toda la ciudad de Samarah, no le pareció suficiente. Le añadió cinco alas o mejor dicho, cinco palacios más, y destinó cada uno de ellos a la satisfacción de uno de los sentidos.

 

En el primero de aquellos palacios las mesas estaban siempre repletas de los manjares más exquisitos. Se renovaban noche y día, a medida que iban enfriándose. Los más delicados vinos y los mejores licores manaban a chorros de cien fuentes que jamás se secaban. Aquel palacio se llamaba Festín eterno o Insaciable.

 

El segundo palacio se llamaba Templo de la melodía o Néctar del alma. En él se albergaban los mejores músicos y poetas de aquellos tiempos, que tras haber ejercitado sus talentos en aquel lugar, se dispersaban por grupos y hacían resonar con sus cantos los alrededores.

 

El palacio denominado Delicias de los ojos o Soporte de la memoria, era un continuo encantamiento. Se hallaban allí, en profusión y buen orden, rarezas traídas de todos los rincones del mundo. Podía verse una galería de cuadros del célebre Mani y estatuas que parecían animadas. Allí una perspectiva bien buscada encantaba la vista; aquí, la magia de la óptica la engañaba placenteramente; acullá se hallaban todos los tesoros de la naturaleza. En una palabra, Vathek, el más curioso de los hombres, no había omitido en aquel palacio nada de cuanto podía satisfacer la curiosidad de quienes lo visitaban.

 

 

 

 

Para ver el texto completo:

 

http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.mx/2010/06/william-beckford-vathek-cuento-arabe.html

 


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jueves, 10 de agosto de 2017

''El jinete sin cabeza'', Washington Irving. Novela

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

La leyenda del valle dormido (la leyenda de Sleepy Hollow o la leyenda del jinete sin cabeza)

Washington Irving

 

 

 

 

La siguiente relación se encontró entre los papeles del difunto, un anciano caballero de Nueva York que se interesó profundamente por la historia de las colonias holandesas de la provincia y las costumbres de los descendientes de los primitivos pobladores. Sus investigaciones históricas no se efectuaban, sin embargo, entre libros, sino entre seres humanos, pues en los primeros no abundaban sus temas favoritos, mientras que los encontraba en los viejos burgueses y aun más en sus mujeres, que poseían enormes tesoros de aquel folklore, tan valioso para el verdadero historiador. En cuanto hallaba una auténtica familia holandesa, cuidadosamente encerrada entre sus cuatro paredes, en su casa de techo bajo, construida casi debajo de la ancha copa de algún árbol, la consideraba como un pequeño volumen y la estudiaba con el celo de un ratón de biblioteca.

 

De todas estas investigaciones resultó una historia de la provincia bajo los gobernadores holandeses, que se publicó hace unos años. Existen numerosas opiniones acerca del verdadero carácter literario de ese libro, que, a decir verdad, no es lo que debería ser. Su mérito principal consiste en la escrupulosa exactitud, de la que se dudó al aparecer, pero que ha sido demostrada después sin lugar a dudas. Se le admite ahora en todas las bibliotecas de historia como un libro cuya autoridad es indiscutible.

 

Aquel anciano caballero murió poco después de publicar su obra y, ahora que ha desaparecido, puede decirse, sin ofender su memoria, que su tiempo hubiera estado mucho mejor empleado si se hubiera dedicado a tareas más importantes. Tendría que seguir sus inclinaciones personales, de acuerdo con métodos propios y, aunque alguna que otra vez molestó a sus vecinos y ofendió a amigos, por los cuales sentía gran afecto, hoy se recuerdan sus errores y locuras más con lástima que con rencor y algunos empiezan a sospechar que nunca tuvo la intención de ofender a nadie. De cualquier modo que los críticos aprecien su memoria, la tienen en muy alta estima muchas personas cuya opinión puede compartirse, particularmente ciertos confiteros que en su admiración han llegado a reproducir su efigie en los pasteles de Año Nuevo, dándole así una oportunidad de hacerse inmortal, casi equivalente a la que proporciona una medalla de Waterloo o de la Reina Ana.

 

 

Para descargar el libro completo:

 

https://arescronida.files.wordpress.com/2010/12/la-leyenda-del-valle-dormido.pdf

 


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sábado, 15 de julio de 2017

''El Horla'', Guy de Maupassant. Cuento.

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

 

El Horla

Guy de Maupassant

 

 

 

 

 

8 de mayo

 

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.

 

Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.

 

A lo lejos y a la izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.

 

¡Qué hermosa mañana!

 

A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso.

 

Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

 

 

11 de mayo

 

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.

 

¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase que el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.

 

¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.

 

¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!

 

 

16 de mayo

 

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

 

 

 

Para leer el cuento completo:

 

http://ciudadseva.com/texto/el-horla/

 

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