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domingo, 4 de octubre de 2015

''Una carta a Dios'', Gregorio López y Fuentes. Cuento

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Una carta a Dios

Gregorio López y Fuentes

 

 

 

 

La casa —única en todo el valle— estaba subida en uno de esos cerros truncados que, a manera de pirámides rudimentarias, dejaron algunas tribus al continuar sus peregrinaciones... Entre las matas del maíz, el frijol con su florecilla morada, promesa inequívoca de una buena cosecha.

 

Lo único que estaba haciendo falta a la tierra era una lluvia, cuando menos un fuerte aguacero, de esos que forman charcos entre los surcos. Dudar de que llovería hubiera sido lo mismo que dejar de creer en la experiencia de quienes, por tradición, enseñaron a sembrar en determinado día del año.

 

Durante la mañana, Lencho —conocedor del campo, apegado a las viejas costumbres y creyente a puño cerrado— no había hecho más que examinar el cielo por el rumbo del noreste.

 

—Ahora sí que se viene el agua, vieja.

 

Y la vieja, que preparaba la comida, le respondió:

 

—Dios lo quiera.

 

Los muchachos más grandes limpiaban de hierba la siembra, mientras que los más pequeños correteaban cerca de la casa, hasta que la mujer les gritó a todos:

 

—Vengan que les voy a dar en la boca...

 

Fue en el curso de la comida cuando, como lo había asegurado Lencho, comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia. Por el noreste se veían avanzar grandes montañas de nubes. El aire olía a jarro nuevo.

 

—Hagan de cuenta, muchachos —exclamaba el hombre mientras sentía la fruición de mojarse con el pretexto de recoger algunos enseres olvidados sobre una cerca de piedra—, que no son gotas de agua las que están cayendo, son monedas nuevas: las gotas grandes son de a diez y las gotas chicas son de a cinco...

 

Y dejaba pasear sus ojos satisfechos por la milpa a punto de jilotear, adornada con las hileras frondosas del frijol, y entonces toda ella cubierta por la transparente cortina de la lluvia. Pero, de pronto, comenzó a soplar un fuerte viento y con las gotas de agua comenzaron a caer granizos tan grandes como bellotas. Esos sí que parecían monedas de plata nueva. Los muchachos, exponiéndose a la lluvia, correteaban y recogían las perlas heladas de mayor tamaño.

 

—Esto sí que está muy malo —exclamaba el hombre— ojalá que pase pronto...

 

No pasó pronto. Durante una hora, el granizo apedreó la casa, la huerta, el monte, la milpa y todo el valle. El campo estaba tan blanco que parecía una salina. Los árboles, deshojados. El maíz, hecho pedazos.

 

El frijol, sin una flor. Lencho, con el alma llena de tribulaciones.

 

Pasada la tormenta, en medio de los surcos, decía a sus hijos:

 

—Más hubiera dejado una nube de langosta... El granizo no ha dejado nada, ni una sola mata de maíz dará una mazorca, ni una mata de frijol dará una vaina...

 

La noche fue de lamentaciones:

 

—¡Todo nuestro trabajo, perdido!

—¡Y ni a quién acudir!

—Este año pasaremos hambre...

 

Pero muy en el fondo espiritual de cuantos convivían bajo aquella casa solitaria en mitad del valle, había una esperanza: la ayuda de Dios.

 

—No te mortifiques tanto, aunque el mal es muy grande. ¡Recuerda que nadie se muere de hambre!

—Eso dicen: nadie se muere de hambre...

 

Y mientras llegaba el amanecer, Lencho pensó mucho en lo que había visto en la iglesia del pueblo los domingos: un triángulo y dentro del triángulo un ojo, un ojo que parecía muy grande, un ojo que, según le habían explicado, lo mira todo, hasta lo que está en el fondo de las conciencias.

 

Lencho era hombre rudo y él mismo solía decir que el campo embrutece, pero no lo era tanto que no supiera escribir. Ya con la luz del día y aprovechando la circunstancia de que era domingo, después de haberse afirmado en su idea de que sí hay quien vele por todos, se puso a escribir una carta que él mismo llevaría al pueblo para echarla al correo.

 

Era nada menos que una carta a Dios.

 

"Dios —escribió—, si no me ayudas pasaré hambre con todos los míos, durante este año: necesito cien pesos para volver a sembrar y vivir mientras viene la otra cosecha, pues el granizo..."

 

Rotuló el sobre "A Dios", metió el pliego y, aún preocupado, se dirigió al pueblo. Ya en la oficina de correos, le puso un timbre a la carta y echó ésta en el buzón.

 

Un empleado, que era cartero y todo en la oficina de correos, llegó riendo con toda la boca ante su jefe, le mostraba nada menos que la carta dirigida a Dios. Nunca en su existencia de repartidor había conocido ese domicilio. El jefe de la oficina —gordo y bonachón— también se puso a reír, pero bien pronto se le plegó el entrecejo y, mientras daba golpecitos en su mesa con la carta, comentaba:

 

—¡La fe! ¡Quién tuviera la fe de quien escribió esta carta! ¡Creer como él cree! ¡Esperar con la confianza con que él sabe esperar! ¡Sostener correspondencia con Dios!

 

Y, para no defraudar aquel tesoro de fe, descubierto a través de una carta que no podía ser entregada, el jefe postal concibió una idea, contestar la carta. Pero una vez abierta, se vio que contestar necesitaba algo más que buena voluntad, tinta y papel. No por ello se dio por vencido, exigió a su empleado una dádiva, él puso parte de su sueldo y a varias personas les pidió su óbolo "para una obra piadosa".

 

Fue imposible para él reunir los cien pesos solicitados por Lencho, y se conformó con enviar al campesino cuando menos lo que había reunido: algo más que la mitad. Puso los billetes en un sobre dirigido a Lencho y con ellos un pliego que no tenía más que una palabra a manera de firma: DIOS.

 

Al siguiente domingo Lencho llegó a preguntar, más temprano que de costumbre, si había alguna carta para él. Fue el mismo repartidor quien le hizo entrega de la carta, mientras que el jefe, con la alegría de quien ha hecho una buena acción, espiaba a través de un vidrio raspado, desde su despacho.

 

Lencho no mostró la menor sorpresa al ver los billetes —tanta era su seguridad—, pero hizo un gesto de cólera al contar el dinero... ¡Dios no podía haberse equivocado, ni negar lo que se le había pedido!

 

Inmediatamente, Lencho se acercó a la ventanilla para pedir papel y tinta. En la mesa destinada al público, se puso a escribir, arrugando mucho la frente a causa del esfuerzo que hacía para dar forma legible a sus ideas. Al terminar, fue a pedir un timbre el cual mojó con la lengua y luego aseguró de un puñetazo.

 

En cuanto la carta cayó al buzón, el jefe de correos fue a recogerla. Decía:

 

"Dios: Del dinero que te pedí, solo llegaron a mis manos sesenta pesos. Mándame el resto, que me hace mucha falta; pero no me lo mandes por conducto de la oficina de correos, porque los empleados son muy ladrones. Lencho".

 

 

 

Fin

 

 

 

 

Fuente:

 

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/lopez_y_fuentes/una_carta_a_dios.htm

 


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domingo, 27 de septiembre de 2015

''Adolfo'', Rafael Delgado. Cuento

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Adolfo

Rafael Delgado

 

 

 

 

I

 

 

—¿Quiere usted saber esa historia?... Era un guapo mozo. La última vez que vino a visitarme fue en Navidad, después del baile de la señora de P…, aquel baile de fantasía, suntuoso y brillante como una fiesta de hadas, que tanto dio que hablar a los periódicos y tanto que disparatar en jerga hispano-gálica a los Langostinos de la prensa.

 

Estuvo sentado en ese sillón, cerca de esta mesa, triste, desalentado como un enfermo. Durante la conversación, si tal nombre merece el hablar con monosílabos, jugaba con este lindo cuchillo de nácar, o se entretenía en hojear una colección de estampas de Goupil.

 

Era un guapo mozo: distinguido, elegante, un ser mimado de la Fortuna. Me parece que le veo Gallardo cuerpo, frente despejada y hermosa, facciones delicadas, recta y fina nariz; pálido, con la palidez de Byron o de Werther; ojos negros, grandes, rasgados, vivos, llenos de pasión; barba cortada en punta, a la antigua usanza española; bigote retorcido y echado hacia adelante; en fin, algo de "la fatal belleza de un Valois." Además, talento, cultura, juventud y riqueza.

 

Amado de sus padres, como hijo único, heredero de cuantioso capital, admirado por sus trenes y sus caballos, rodeado siempre de amigos, le envidiaban todos los hombres e interesaba en su favor a todas las mujeres.

 

¡Qué distinguido cuando se vestía el frac! ¡Qué gentil a caballo, vestido con nuestro elegante traje nacional! ¡Qué regia majestad la suya en el baile de la señora P...! Calzas negras, de seda; jubón y ropilla de terciopelo negro, acuchillado de azul; birretina de luenga pluma, y al cinto una daga milanesa con el puño cuajado de brillantes.

 

Entró en el salón, alegre, regocijado, feliz, ebrio de vida y de amor; pero después de la media noche, en el cotillón, a la hora del juego de los ramilletes y de la manzana de oro, observé que al estrechar la mano de Enriqueta, la encantadora hija del General A convertida esa noche en una Ofelia "deliciosa y espiritual" —así lo dijo en "El Abanico" el cronista Querubín—, cuando todas las miradas estaban fijas en él, le vi demudarse, temblar, bajar los ojos, y murmurar al oído de su compañera una de esas frases frívolas y vanas, una estupidez de salón, acaso encubridora de pena profunda.

 

A poco salía de aquella casa para principiar una vida de horribles degradaciones que acabarán por llevarle al sepulcro.

 

 

 

 

Para descargar el texto completo:

 

 

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080013802_C/1080013802_T1/1080013802_MA.PDF

 


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domingo, 20 de septiembre de 2015

''Amor y desgracia'', Florencio María del Castillo. Novela

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Amor y desgracia

Florencio María del Castillo

 

 

 

Llena de profunda tristeza concluía la tarde; una capa de nubes blancas y cenicientas ocultaba la faz del cielo; no lucían los rayos vivificantes del sol; la luz era azulada, opaca, como la que pasa a través de un velo, y un viento frío y penetrante levantaba por momentos nubes de polvo, que volvían a caer al instante.

 

Eran como las cinco y la luz penetraba apenas por una estrecha ventana en la estancia donde deben pasar algunas escenas de la historia presente. Es imposible calcular cuánto influye en nuestra imaginación el carácter del tiempo; una tarde fría y triste como la que describo, hace ver todos los objetos con un tinte indefinible de melancolía; en esas horas es imposible tener el corazón expansivo. Cerca de la ventana, un joven escribía afanosamente sobre una mesa: tenía la frente apoyada sobre la palma de la mano izquierda, mientras que con la derecha trazaba algunas líneas sobre el papel blanco que tenía delante.

Reinaba un profundo silencio, interrumpido tan sólo de vez en cuando por e l rechinido de la pluma o por algún gemido del joven. La luz que penetraba a través de los opacos cristales de la ventana, apenas alcanzaba a iluminar, como e l moribundo resplandor del crepúsculo, la mesa donde el joven escribía, y sus luengos y castaños cabellos, que s e habían desprendido y caían sobre su frente formando un velo que Impedí a ver su s facciones; todo lo demás de la habitación se perdía entre las sombras, y sólo un pequeño espejo colocado en pared opuesta, retrataba parte de la ventana, que por un efecto de óptica parecía una distancia muy grande, aumentándose así, en apariencia, los límites de la habitación .

 

De pronto, el joven lanzó un gemido más doloroso que los que ante s habían agitado su pecho, y dejó caer con desaliento la pluma; se levantó con las manos en los cabellos y murmuró a media voz:

 

—¡Es imposible!... ¡No tendrán compasión de mí!...

 

Luego añadió con más energía:

 

—¡Quisiera volverme loco!...,¡quisiera morir!...

 

Volvió a reinar un silencio profundo, que parecía zumbar en los oídos.

 

—¡Ya es casi de noche —continuó—, y no he podido estudiar un instante! ¿Pero está en mí mano hacerlo cuando todo se conjura contra mí? ¡Dios mío!, tú que lees en los corazones, ¿es acaso un crimen el que yo he cometido?... ¡Oh no!... ¿Podía ver padecer…, ¿podía ver morir sin remedio ni consuelo a ese pobre ángel, y llevar mi probidad hasta conservar intacto ese funesto depósito? ¡Oh!, haberlo hecho así hubiera sido un crimen…, un asesinato, porque los auxilios a tiempo te han salvado… Pero, ¿quién hubiera podido pensar que a tan extremo llegaría la inhumanidad de ese hombre? ¿No le he prometido servir de rodillas si así lo quiere? ¡Seré su esclavo! ¡Le daría mi vida, mi sangre! ¿Tiene corazón de piedra, que no le enternece mi situación? ¡Una prisión!, esa idea me llena de espanto…

 

Para descargar el libro completo:

 

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080013794/1080013794_MA.PDF

 


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