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domingo, 5 de julio de 2015

Datos biográficos de Joaquín Gallegos Lara

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Joaquín Gallegos Lara

 

 

 

Joaquín José Enrique de las Mercedes Gallegos Lara (Guayaquil, 9 de abril de 1911 – ibídem, 16 de noviembre de 1947) fue un novelista y ensayista ecuatoriano.

 

Nació en Guayaquil en medio de una familia pobre, formada por Joaquín Gallegos del Campo y Emma Lara Calderón, donde se formó como intelectual de manera autodidacta. Fue militante del Partido Comunista del Ecuador (PCE) hasta su muerte. Escribió apenas un puñado de cuentos que se publicaron en la colección "Los que se van" junto con Enrique Gil Gilbert y Demetrio Aguilera Malta. Después de su muerte se añadieron unos pocos cuentos más que no habían sido publicados, entre ellos destaca "La última erranza" que narra la historia del ajusticiamiento absurdo de un judío en las montañas de Los Andes a manos de un grupo de católicos supersticiosos.

 

En 1946 publicó la novela "Las cruces sobre el agua". Esta novela es un retrato de la ciudad de Guayaquil a comienzos del siglo XX; el crecimiento y la evolución de los personajes principales llegará a ponerlos en medio de la matanza de obreros ocurrida el 15 de noviembre de 1922 y que según varias fuentes es, proporcionalmente, la mayor matanza de obreros en el mundo.

 

Escribió también parcialmente otras dos novelas que han permanecido inéditas: Los guandos y La bruja, hasta 1982 en que Nela Martínez, quien fuera compañera del autor, completó y publicó la novela "Los Guandos" que fue publicada por la Editorial El Conejo en Ecuador. "La bruja" sigue esperando ser publicada.

 

Tenía las piernas atrofiadas hasta el extremo de no poder caminar, y sin embargo luchó como militante comunista e intelectual, llegando incluso al extremo de participar en choques callejeros y barricadas, con la ayuda de Juan Alberto Falcón Sandoval, un mulato, que además de ser su empleado doméstico era su amigo, quien le prestaba sus fuertes hombros y le servía de piernas.

 

Se dio a conocer en 1930 con el volumen de cuentos Los que se van, junto a Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert. Formó parte del "Grupo de Guayaquil" que, además de ser integrado por Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert y él, incluyó a Alfredo Pareja Diezcanseco y a José de la Cuadra, dentro del realismo social ecuatoriano, que es hasta hoy el movimiento literario más importante que ha tenido el Ecuador.

 

Junto con sus compañeros del "Grupo de Guayaquil", Gallegos Lara transformó la narrativa ecuatoriana y proyectó la literatura del Ecuador al mundo por medio de estampas tremendas de violencia verbal y física; además fue característica la reproducción fonética del habla montuvia. Los cuentos de Gallegos Lara combinan trágicamente una violencia inocente y premoderna con la fatalidad de una especie humana que se busca a tientas. De entre sus cuentos cabe destacar: "El guaraguao" y "Era la mama".

 

En 1947, poco antes de su muerte publicó La última erranza (cuentos). En 1952 aparece su ensayo Biografía del pueblo indio (terminado en 1936) y en 1956 un volumen de sus Cuentos.

 

 

 

Fuente: Wikipedia.

 


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Datos del libro ''Las cruces sobre el agua''

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Datos del libro Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara

 

 

 

Las cruces sobre el agua es una novela publicada en el año 1946 y escrita por Joaquín Gallegos Lara, que lo situó entre los iniciadores del tema urbano en la narrativa ecuatoriana. La culminación y detonante argumental, es la masacre del 15 de noviembre de 1922.

 

La novela corresponde a una época avanzada del realismo socialista ecuatoriano, ya menos costumbrista y desplazado su escenario hacía las ciudades, donde el autor ubica a los protagonistas en los sectores más humildes y marginados. Por su contenido histórico y sociológico es una obra clásica de la literatura ecuatoriana.

 

La masacre del 15 de noviembre de 1922, se considera una gesta heroica del proletariado ecuatoriano según la tradición socialista ecuatoriana (pese a que muchos de los protagonistas de la huelga eran en realidad artesanos). Fue durante el gobierno liberal de José Luis Tamayo, y realizada por el ejército ecuatoriano aparentemente en respuesta a una jornada de saqueos liderada por algunos huelguistas ese día. Gallegos Lara (que tenía 11 años de edad en los días en que se produjeron estos acontecimientos), militante comunista, traslada a las páginas de la novela a personajes históricos de la vida política del país. Por ello se considera que la pluma de Joaquín Gallegos Lara escribió un documento testimonial y de agitación política, sin embargo se generalizó la confusión de la novela con un registro histórico fidedigno.

 

Las cruces sobre el agua fue dedicada por su autor «A la sociedad de panaderos de Guayaquil, cuyos hombres vertieron su sangre por un nuevo Ecuador».

 

 

 

Fuente: Wikipedia.

 


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''Las cruces sobre el agua'', Joaquín Gallegos Lara. Novela



Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

Las cruces sobre el agua

Joaquín Gallegos Lara

 

 

 

La artillería

 

1

 

La calle herbosa, de pocas casas y covachas, y de solares vacíos, no era casi más que un entrante de la sabana. Alfredo Baldeón corría, rodando un zuncho. El sol se ocultaba tras los cerros de Chongón. ¿Qué habría dentro del sol? La señora Petita, la dueña de la covacha, decía que el sol era una tierra, la primera que creó el Niño Dios, donde hasta vivirían gentes, si no hiciera tanto calor.

 

— ¡Alfredo! ¡Alfredo! ¿A qué horas entras, chico?

 

Desde el boquerón sin puertas de en medio de la cerca, su madre lo llamaba. Divisaba su traje blanco, pero no su cara, a ver si de veras estaba molesta. Adivinaba las cejas muy juntas, la frente morena, por la que siempre se le revelaba un mechón.

 

—Ya vengo, Trinidá —le contestó, acercándose.

—¿Por qué te demoras tanto? Sólo vos eres el que queda vejetreando íngrimo.

—Solo no estoy, sino con mi zuncho.

—¿Acaso el zuncho es gente?

 

Trinidad puso la mano en la erguida cabeza de su pequeño zambo, de mirada viva y pies descalzos, reidor, con la camisa fuera del pantalón de sempiterno largo al tobillo, y en la muñeca un jebe. A Alfredo, el patio le olía a tierra húmeda y la mano de su madre a jabón prieto. Por las rendijas filtraban palúdicos candiles.

 

—¡Correr da hambre! —ella le respondió blanqueando sonriente la boca.

 

La habitación era en la planta baja de uno de los covachines. Apenas sobraba espacio entre las cabezas de los grandes y el tumbado sin pintar; a Alfredo le parecía que iba a caerle encima. En la hamaca de deshilachada mocora, se mecía su padre, quien le palmeó el hombro:

 

—¿Qué húbole, zambo?

—Oye, Juan, yo corro como un perro.

—Eres un fregado. ¿Los perros corren bien?

—¡Agárrate a correr pareja con uno y verás!

 

Empezó a comer a cucharadas el cocolón de arroz. En todo momento ansiaba ser mayor, pero a las horas de comida le provocaba seguir siendo chico, para que Trinidad le diera los bocados con su mano, como antes. Se preguntaba si Juan saldría a la calle. Habitualmente, como en la panadería no hacía turno de noche, quedábase en casa y venía a la hamaca, donde la madre hacía dormir a su lado, a Alfredo. Él habría permanecido con ambos y a pesar que no le gustaba abrazarla, pero en seguida el taita exigía:

 

—Anda acuéstalo, Trini.

 

Ella obedecía, quizás con su gusto, quizás recelosa de que si no, le pegara. Desde el catre inmediato, bajo el toldo, Alfredo, oyéndolos cuchichear y reír, odiaba a Juan un largo instante, sin dormirse. Ocurría así desde que se acordaba. Más chico, era peor. No toleraba mirarlo junto a Trinidad, sin gritar golpeábalo con sus menudos puños. El padre reía:

 

—Pero qué celoso el cangrejo este; parece hombre mayor.

—Todo chico es enmadrado, Baldeón, y más éste que, por culpa de vos mismo, se cría tan consentido.

 

Él lo oía y se volvió más arrimado a Trinidad. Pasaba el día a su lado. Desde lo más remoto, se sentía en sus brazos. Ella le daba de comer, lo bañaba, lo acariciaba.

 

Cuando lavaba, en la vieja tina de pechiche, cerca de la llave de agua, en las mañanas rumorosas del solar, lo tenía junto a sí o merodeando alrededor, alegre de respirar el acre burbujeo de la espuma escurridiza.

 

También jugaba en su cercanía, mientras ella cocinaba. El fogón, al lado de la puerta, al abrigo del alero, era un cajón con ladrillos, tan bajo que Alfredo alcanzaba a punzar con un palo las brasas, que chisporroteaban antes de llamear. Sentada en un banco, Trinidad pelaba yucas o escogía las madres del arroz. Entornaba los ojos y sacaba la punta de la lengua. Él quería a Trinidad, y quería a la candela.

 

 

 

Para descargar el libro completo:

 

http://lengua-mtn2bachillerato.wikispaces.com/file/view/Las+cruces+sobre+el+agua-Gallegos+Lara.pdf

 


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