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lunes, 15 de diciembre de 2014

''Nochebuena aristocrática'', Jacinto Benavente. Cuento

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Nochebuena aristocrática

Jacinto Benavente

 

 

 

 

Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.

 

La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.

 

Entre todos no pasaban de quince.

 

—La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.

 

Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.

 

—¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?

—Así, así, pocos y buenos.

—¡Ilfaut serrer les rangs, querida marquesa!

—¡Home, sweet home!

Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, «Envidia dar pudiera / al más luciente día».

 

Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.

 

El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa deppoise.

 

La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa!

 

Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:

—¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡Para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía sólo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!

 

Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:

 

—¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡Pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!

 

La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.

 

La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía.

 

La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo…, y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.

 

A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.

 

Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.

 

Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija…, y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… Y así todos, con el pensamiento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.

 

Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Sólo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena…, de quien más valía no hablar… Pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.

 

La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.

 

 

 

Fuente:

 

 

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/benavente/nochebuena_aristocratica.htm


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Ensalada de manzana. Receta

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

Ensalada de manzana

 

 

Ingredientes (para 8 personas):

 

-1 kilo de manzana amarilla, pelada y picada en cuadritos.

-1 litro de crema.

-1 lata de La Lechera (leche condensada).

-¼ de nuez picada.

-Media lata de piña, o duraznos, en almíbar picada en cuadros pequeños.

-¼ de uva pasa.

 

Modo de preparación:

 

Se mezcla la crema y la Lechera en un tazón. Posteriormente se debe incorporar la manzana, la piña ¿o duraznos) y la uva pasa.

 

Presentación:

 

Antes de servir, se agregan las nueces (o cerezas) para decorar, así como un poco del jugo de piña (o durazno) en almíbar.

 

 

Fuente:

 

http://www.mexicodesconocido.com.mx/6-recetas-mexicanas-para-preparar-en-navidad-ensalada-de-manzana.html


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''La Navidad de Mr. Bean'', comedia

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

Mr. Bean

 

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=klOB5fI8sSU

 

 

 

Mr. Bean es un personaje creado e interpretado por el actor británico Rowan Atkinson. Mr. Bean protagonizaba la serie con el mismo nombre. También protagonizó 2 películas, de las cuales la última (Las vacaciones de Mr. Bean) se estrenó en 2007, cuando Atkinson decidió abandonar el personaje por voluntad propia.

 

La trama de la serie gira en torno a él, un simpático y solitario ciudadano, inocentón y bastante torpe, que se las ingenia para salir de situaciones embarazosas. Apenas habla, ya que el personaje se expresa mediante mímica y gestos faciales.

 

Mr. Bean es como un niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Hace gala de un cinismo y un humor elegante, puramente inglés, además de ser agradable, divertido, ingenuo y malvado alguna vez. Representa momentos tontos y llenos de situaciones absurdas. Y además es muy molesto hacia otras personas haciéndolo gracioso. Mr. Bean ha sido protagonista de dos películas hasta la fecha: Bean (1997), donde viaja a Los Ángeles (Estados Unidos) para participar en la recepción de un cuadro importante, y Las vacaciones de Mr. Bean (2007), donde el protagonista gana un viaje a Cannes, con escala en París, en un concurso de la iglesia.

 

Mr. Bean: (Rowan Atkinson) Es el protagonista de la serie. Un extraño personaje y simpático a la vez que vive en un apartamento londinense. Se le ha considerado que es como un "ángel caído", bastante ingenuo en el mundo terrenal. De ahí, que al inicio de cada capítulo el personaje cayera de una luz blanca procedente del cielo.

 

Irma Gobb: (Matilda Ziegler) Es la novia de Mr. Bean. Es atolondrada y asustadiza, siempre sabe reponerse tras los sustos e insultos de su extraña pareja. Le quiere mucho, a pesar de que su novio prefiere más sus regalos que sus propios cariños.

 

 

Fuente: Wikipedia.


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