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domingo, 5 de julio de 2015

''Ensayos'', Michel de Montaigne

 

Un saludo de su amigo Sören Garza (hombre), desde México.

 

 

 

 

Ensayos

Michel de Montaigne

 

 

Libro primero

 

Capítulo primero

 

Por diversos caminos se llega a semejante fin

 

 

El modo más frecuente de ablandar los corazones de aquellos a quienes hemos ofendido, cuando tienen la venganza en su mano y estamos bajo su dominio, es conmoverlos por sumisión a conmiseración y piedad; a veces la bravura, resolución y firmeza, medios en todo contrarios, sirvieron para el logro del mismo fin.

 

Eduardo, príncipe de Gales, el que durante tanto tiempo gobernó nuestra Guiena, personaje cuya condición y fortuna tienen tantas partes de grandeza," habiendo sido duramente ofendido por los lemosines y apoderados e luego de su ciudad por medio de las armas, no le detuvieron en su empres a los gritos del pueblo, mujeres y niños, entregados a la carnicería, que le pedían favor arrojándose a sus pies, y su cólera fue implacable hasta el momento en que, penetrando más adentro en la ciudad, vio tres franceses nobles que con un valor heroico querían contrarrestar los esfuerzos de los vencedores. La consideración y respeto de virtud tan noble detuvo primeramente su cólera, y merced a los tres caballeros comenzó a mirar misericordiosamente a todos los demás moradores de la ciudad.

 

Scanderberg, príncipe del Epiro, que seguía a uno de sus soldados para matarlo, habiendo la víctima intentado apaciguar la cólera del soberano con toda suerte de humillaciones y de súplicas, resolvió de pronto hacerlo frente con la espada en la mano; tal resolución detuvo la furia de su dueño, quien habiéndole visto tomar determinación tan digna le concedió su gracia. Este ejemplo podrá ser interpretado de distinto modo por aquellos que no tengan noticia de la prodigiosa fuerza y valentía de este príncipe.

 

El emperador Conrado III, que tenía cercado a Guelfo, duque de Baviera, no quiso condescender a condiciones más suaves, por más satisfacciones cobardes y viles que se le ofrecieron, que consentir solamente en que las dama s nobles sitiadas que acompañaban al duque, salieran a pie con su honor salvo y con lo que pudieran llevar consigo. Estas, aunque tenían un corazón magnánimo, quisieron echar sobre sus hombros a sus maridos, a sus hijos y al duque mismo; el emperador experimentó placer tanto de tal valentía, que lloró de satisfacción y se amortiguó en él toda la terrible enemista de que había profesado al duque. De entonces en adelante trató con humanidad a su enemigo y a sus tropas.

 

 

Para descargar el libro completo:

 

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080005122_C/1080005122_T1/1080005122_MA.PDF

 


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